Por qué quiero tanto a mi entrenador

Por Sole Hott

Desde que tengo uso de razón soy fanática del Manchester United, y gran parte de mi amor por el equipo inglés, es precisamente su entrenador, Sir Alex Ferguson. Desde el año de nacimiento, 1986, hasta 2013 lo vi parado a un lado de la cancha, con sus cachetes colorados (classic british), gritando, agitando los brazos y mascando chicle. Siempre confié en Ferguson y tras su partida, cierta magia se perdió, el equipo lo resintió, y la nostalgia de su era hoy se extraña más que nunca. 

Los entrenadores dejan huellas, mucho más importantes de las que ellos mismo creen. Hay un compromiso de por medio, el jugador confía en el D.T y teniendo eso… la magia ocurre. Como cuando José Mourinho decidió cambiar la posición de Cristiano Ronaldo en su paso por el Real Madrid. El talento del jugador ya lo tenía, pero en esos 90 minutos, el entrenador portugués hizo la diferencia. Jugador y entrenador trabajan juntos, runner y coach lo mismo. 

La confianza es la base de una relación que solo crece con los años. Creo que fue en 2011 que conocí a mis entrenadores, y si bien antes corría sola por la vida, hoy no podría hacerlo sin ellos. Uno tiene unas piernas que llegan al cielo y verlo correr es una espectáculo. El otro, un experimentado keniata que corre a puro corazón. Sin ellos, no hubiesen existido mis primeros, 5, 10, 21 y 42k. 

En el running no hay banca de suplentes, solo hay titulares y eso el entrenador lo sabe. 

Magia, talento y saber leer a las personas. Tres cualidades que un buen entrenador tiene. Pero para que haya un entrenador, tiene que haber un jugador, y viceversa. Es verdad, gran parte de la motivación del runner es personal, pero el entrenador es una pieza clave en la fórmula ganadora. En cada meta que he cruzado el primer mensaje, va dirigido al entrenador. No importa que no esté en la meta, estuvo en cada kilómetro recorrido y en cada minuto previo al gran día. Y esos 10, 21 ó 42k que requieren quizás el esfuerzo físico y mental de uno solo, exigen el talento y espíritu de ambos.

Sí, yo corrí los 42 kilómetros, yo me preparé durante meses, me levanté temprano los fines de semana, dejé carretes y muchas copas de vino de lado, di vueltas como hámster en la pista y cumplí con los controles, pero el entrenador también lo hizo, y no precisamente por una medalla, lo hizo por su jugador… en este caso, el runner. 

El entrenador es el primero en creer en ti, y ante cualquier enano que amenace nuestra confianza, una sola palabra del coach basta para poner todo en orden nuevamente. 

Cuántas veces te dijo “deberías correr a tanto” y tu primera reacción fue “imposible”, pero luego… paff, haces tu PB y lo primero que piensas es “el coach tenía razón”. O cuando te mandó a hacer trail running porque “yo creo que te iría bien en el cerro”, “¡cómo se te ocurre!”, y ahí estás agendando el próximo trail. 

El entrenador siempre tiene la razón. Eso es algo que se aprende con los años, y él jamás te dirá, porque no lo necesita. Es parte de su magia. El coach guía sin mandar y lidera sin atacar. Mueve las piezas sigilosamente, te deja ser, te pone límites y te lanza a lo desconocido, pero siempre bajo el pacto de confianza a ciegas entre ambos. 

Es el entrenador el que mantiene unido al equipo, el que te motiva a diario a mejorar. Detrás de cada coach hay horas y horas de trabajo, y si bien no se lo decimos a menudo, un buen runner sabe perfectamente el valor que tiene su coach. 

En el fútbol, por lo general, la derrota suele llevársela el “profe”, no así las victorias. En el running, no hay derrotas, solo un ritmo más bajo de lo esperado. Pero cada cruce de meta, sin importar el tiempo, es un triunfo que también es del entrenador. 

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